jueves, 8 de marzo de 2012

Rob Lowe sobre el proceso de casting de THE OUTSIDERS.


La última oportunidad.
THE OUTSIDERS (F. Ford Coppola, 1983)
Arriba y de izqu. a der.: Patrick Swayze, Matt Dillon, Rob Lowe.
Abajo: Emilio Estevez, Ralph Macchie, C. Thomas Howell, Tom Cruise.

"Le dan el papel en la película de Redford (Ordinary People) a un chico llamado Timothy Hutton, y en nueve meses pasa de ser un completo desconocido a ganar el Oscar gracias a una interpretación rompedora. A algunos de mis colegas/competidores tampoco les va nada mal: Sean Penn está rodando una película de surf (Fast Times) y pronto actuará con Tim Hutton en Taps. Yo no he sido capaz de conseguir una audición para ninguna de esas películas. Tal vez haya llegado el momento de tirar la toalla y dar gracias por la increíble aventura que he podido vivir hasta ahora. 

Llamo a mis agentes para decirles que voy a ingresar en la universidad y por lo tanto no podré optar a futuros papeles. Están decepcionados, pero lo entienden. Cuando cuelgo el teléfono, soy capaz de sentir cómo desaparecen todas aquellas posibilidades con las que alguna vez esperé cruzarme. (...) Así que me uno al confuso y asustado resto de diecisieteañeros que se encuentran a las puertas de la vida adulta, buscando entre el horizonte oculto tras la bruma una carretera transitable que nos dirija al futuro.

Entonces, justo después de la Navidad de 1982, el teléfono suena. Son mis agentes: «¿Quieres una última oportunidad? Te hemos conseguido una lectura para un papel y creemos que puede ser una gran película. Se llama The Outsiders (Rebeldes).»

Greasers bajo la lluvia.
Goatse en versión Coppola.

Una furiosa tormenta invernal continúa azotando las calles que rodean Zoetrope Studios, el imperio cinematográfico y personal de Francis Ford Coppola. Rayos, truenos y centellas parecen seguir a mi Mazda hasta el aparcamiento situado frente a la entrada principal. Mi mano sujeta las cinco páginas de la escena para la que voy a hacer la lectura. Ya las he memorizado; todos lo han hecho. Es mi cuarta audición para The Outsiders

La primera lectura consistió en un encuentro con Janet Hirshenson, la directora de casting cuya tarea era escrutinar a todos los actores de Hollywood con edades comprendidas entre los quince y los treinta años. (...) Tras pasar esa primera fase, hice dos lecturas más para Fred Roos, el productor. Fred se ha encargado de escoger al reparto en las películas previas de Francis Coppola, y también en las de George Lucas. Entre otros, ha descubierto a actores como Carrie Fisher, Mark Hamill, Harrison Ford, Ron Howard, Richard Dreyfuss, Robert Duvall, Laurence Fishburne, Diane Keaton o Al Pacino. Roos es bastante intimidatorio; su rostro no transmite ninguna emoción. Nunca llegué a saber si le gustó mi lectura o la odió, pero siguió llamándome.

Ahora, en el aparcamiento bajo la lluvia, enciendo la radio del coche. Necesito relajarme; pasar un nuevo nivel del proceso de selección significa una mayor presión. Por más que lo intento, no soy capaz de escuchar la música. Ni siquiera escucho la lluvia. Releo las escenas. Lo hago una, dos veces, y luego lo hago de nuevo. Cada vez cometo más errores, olvidando líneas que apenas dos horas antes conocía perfectamente. Miro por el retrovisor, pero soy incapaz de ver nada. En cinco minutos, estaré leyendo delante de Francis Ford Coppola. Me falta el aire.

(...) El guarda en la puerta de Zoetrope Studios me da un mapa con indicaciones para llegar hasta el Estudio 5. (...) Me pregunto porqué la lectura tiene lugar en un plató y no en una oficina. Busco un lugar para aparcar y mi mente vuelve una y otra vez a las escenas, parece que mis nervios se han propuesto enviar al traste toda mi preparación previa. Intento acallar a la voz interna que afirma que mi éxito hasta ahora no ha sido más que cuestión de suerte. 

(...) Aparco el coche y corro hasta el Estudio 5. Al llegar, me cuesta creer lo que estoy viendo: unos veinticinco actores se acurrucan para resguardarse de la lluvia bajo las escasas repisas que rodean el estudio. Muchos de ellos son famosos, y algunos están vestidos de pies a cabeza con indumentaria Greaser. Muchos de ellos fuman, y casi todos parecen mayores que yo. Parece el patio de una cárcel en su versión Screen Actors Guild (Sindicato de Actores): posan, se enfrentan, intimidan. Busco una cara conocida y veo a Emilio Estevez peinado con un tupé tal que casi parece ridículo.

¡Tío! ¿Qué cojones está pasando? —Pregunto. Se supone que una lectura para el director es algo privado, íntimo. El espectáculo que tengo delante me recuerda a una feria de ganado, con la diferencia de que aquí las reses son todos y cada uno de los más importantes actores juveniles en activo del universo.

Emilio, siempre tan maduro pese a su juventud, sonríe y menea la cabeza. 

 Hey, ya sabes, es Francis.

El Hombre tras la Cortina.

Martin Sheen, preguntándose para qué se habrá
metido en semejante embolado Apocalyptico.
Trabajar con Coppola casi acabó con el padre de Emilio. El stress y la intensidad del rodaje de Apocalypse Now le causaron a Martin Sheen un ataque al corazón del que sobrevivió a duras penas, y la experiencia le cambió para siempre. Generalmente lleno de vida y buen humor, se mantuvo extrañamente aparte al ver cómo competíamos entre nosotros para trabajar bajo las órdenes del Gran Maestro. De hecho, era extraño que hablara de Apocalypse Now o Francis, pero para sus hijos y amigos (y para los fans de todo el mundo) estos fueron algunos de los hechos que forjaron la leyenda: Francis despidiendo a Harvey Keitel porque, supuestamente, el actor incordiaba todo el tiempo por no tener un trailer-camerino; Martin volando de inmediato para incorporarse con caracter de urgencia a un rodaje de 90 días que acabaría ocupándole 360 y se alargó durante dos años; Marlon Brando apareciendo tan gordo y calvo que sólo se podían rodar sus escenas situándolo entre sombras, obligando además a Francis a leerle íntegramente Heart of Darkness en voz alta antes de empezar a rodar; huracanes que pusieron en peligro muchísimas vidas y destruyeron decorados; el ejército thailandés requisando todos los jets y helicópteros para sofocar un golpe de estado; Dennis Hopper viviendo (y desfasando) en la jungla con los nativos en lugar de quedarse en el hotel; conejitas Playboy que fueron añadidas al guión a última hora merced a un capicho y que acabarían destrozando uno o más matrimonios en el proceso; una lombriz (una solitaria, de hecho) asomando la cabeza por la boca de un conductor, provocándole arcadas hasta que éste logró agarrar y lanzar a la carretera al juguetón y palpitante gusano; oscuras historias de escenas de riesgo que salieron mal y actores a los que se les pidió llevar a cabo peligrosas y temerarias acciones... Pero basta con ver el magnífico y terrorífico documental de Eleanor Coppola, Hearts of Darkness, para sospechar que alguno de esos hechos que forjaron la leyenda son ciertos.

Las puertas del estudio se abren y un grupo de actores emergen del plató. Todos ellos parecen desanimados, aunque un tipo pasea con una enorme sonrisa de hiena dentuda. Se acerca a Emilio y a mí: «Francis ha enviado a casa a todos estos tíos, pero a mí me ha pedido que me quede», dice. Emilio choca los cinco con su colega, un joven y novato actor de New Jersey que se queda en casa de los Sheen cada vez que asiste a audiciones en L.A. «Jodido Francis, ¡este tío es irreal! ¡Simplemente los ha enviado a casa! ¡Y lo ha dicho delante de todo el mundo!».

Empiezo a hablar con este chico de Jersey. Es abierto, amistoso, divertido, casi robótico por la sangre fría con la que rige su capacidad de concentración. También posee una intensidad que nunca he visto antes. Su nombre es Tom Cruise.

Se trata de la supervivencia de los más aptos. Será preciso que intimidemos, dominemos y destrocemos a nuestros competidores para lograr un papel de los que marcan un punto y aparte en la carrera de cualquiera. Pero no hay ninguna razón para que no seamos amigos durante el proceso.

¡Okay, siguiente grupo! Dice un hombre, y nos conduce hasta la oscuridad del Estudio 5 donde escucho, por primera vez en mi vida, los explosivos sonidos de la Ópera Italiana...   

El Ring de Luz.

El respaldo de nuestras sillas está en contacto con las paredes del plató, pero como somos demasiados, algunos actores se acomodan en el suelo. La única luz es una zona iluminada en el centro del plató, y parece tener el tamaño exacto de un ring de boxeo. Bajo la luz: una sencilla mesa y cuatro sillas. Más allá, entre las sombras, veo a Francis por primera vez. Lleva una boina y juguetea con una video-cámara, grabándolo todo. Junto a él, en una mesa, un viejo tocadiscos. Mis gustos están más en la onda de Tom Petty y Bruce Springsteen, así que estoy un poco perdido en lo que se refiere a la extremadamente emocional música italiana  que emana del altavoz. Francis tiene a una asistente con él, y a nadie más. Es ella quien detiene el tocadiscos.

Esto es lo que sale en Google Images
si pones "Ring de Luz".
Francis camina hasta el borde del Ring de Luz, observándonos. Nada de charla, nada de presentaciones. Va directo al grano. «Hola. He pensado que podríamos juntarnos hoy y tratar de hacer algunas cosas», dice casi de modo casual, como si hacer una audición delante de treinta de tus competidores fuera lo más normal del mundo. «A algunos de vosotros se os pedirá que interpretéis papeles distintos a los que habéis preparado, y a otros no, así que es una oportunidad para explorar juntos el material.» (...) 

Francis señala a tres actores para que se acerquen al Ring de Luz. «Decid vuestro nombre mirando a cámara y el papel que interpretáis». (...) 

Hola, soy Dennis Quaid. Interpretaré a Darrel.
Hola, soy Scott Baio e interpretaré a Sodapop.
Hola, soy Tommy Howell y soy Ponyboy.

Son buenos. Quaid ha memorizado sus líneas, es un tío importante y va a ser duro vencerle. Ese chico del que nunca he oído hablar, Tom Howell, parece un chiquillo y actúa de un modo tan contenido que no parece que actúe, pero eso le hace parecer real, no hay nada forzado en su interpretación. (...) 

Me debato entre un sinfín de posibilidades. ¿Debo actuar de memoria, como Quaid? Si lo hago, Francis puede pensar que vengo tan preparado que me costará aplicar cambios bajo su dirección. Por otro lado, prescindir del guión físico es una muestra de seguridad, buen oficio y dedicación. ¿Debo implicarme emocionalmente y sacarle partido al conflicto que plantea el guión? ¿O debo interpretarlo sutilmente sin mostrarlo todo? Cuando grandes actores lo hacen (Pacino interpretando a Michael Corleone) es fascinante; cuando actores menores lo hacen, casi siempre resulta torpe. (...) Tampoco puedo dar la espalda al mayor de los dilemas, uno con el que todos los actores deben enfrentarse; al final de mi gran escena, se supone que debo derrumbarme y llorar. ¿Cuánto es demasiado? Y detrás de esta pregunta sin respuesta se halla otra capaz de detener el corazón de cualquier actor: «¿Y si no soy capaz de llorar?».

Esto es todo lo que necesito. En ese nanosegundo de duda, siento la sangre fluir hacia mi cabeza, y mi pecho se tensa. No sé si seré capaz de llorar durante la escena, pero lo que sí es seguro es que sería capaz de llorar ahora mismo. En el Ring de Luz, los actores están haciendo un trabajo magnífico. Cuando acaban, otro grupo toma su lugar, y luego otro, y luego otro. Nadie la caga. Nadie apesta. No es habitual poder sentarte y ver a tus competidores, y empiezo a comprender que hay una buena razón detrás de todo este protocolo; lograr que la presión sea casi insoportable. 

(...) De repente, notamos que algo está pasando en la puerta de entrada. La tormenta ha terminado, ha salido el sol, y su luz deslumbrante se cuela en el estudio al mismo tiempo que un tipo vestido como un indigente. Tiene el pelo largo y sucio, barba de tres días y viste unos desgarrados y manchados pantalones de cuero como los de Mad Max. Además, lleva unos patines en línea. (...) Los otros actores lo señalan y susurran: «Es Mickey Rourke, el nuevo James Dean». (...)

Llevamos horas y horas aquí. Francis empieza a parecer cansado; ya no hace entrar y salir a chicos intercambiando papeles como si fueran jugadores de hockey, ahora simplemente lee los nombres de una lista.

¿Rob Lowe? ¿Está aquí Rob Lowe? Pregunta desde la oscuridad.

La adrenalina se agolpa de repente en mi pecho.

Um, sí. Hola, estoy aquí.
Interpretarás a SodapopDice sin mirarme siquiera.

La realidad en lo arbitrario.

Darrel, (Swayze), Ponyboy (Howell) y Sodapop Curtis (Lowe). Cuestión de actitud (Greaser).

Camino hasta la luz cegadora. Parpadeo, tratando de concentrarme. Estoy desorientado debido a tantas horas sentado en la oscuridad. No puedo ver a Francis o la cámara o a los otros actores observando, pero puedo sentir su mirada clavada en mí desde más allá de la luz, amalgamados y conformando un ser omnipresente.

Mi corazón retumba como un martillo mecánico, como si alguien en mi cabeza subiera a toda prisa infinidad de escaleras. Pero siento que algo está mal y no soy capaz de recordar qué es, hasta que me doy cuenta: he olvidado respirar. Trato de exhalar muy lentamente para que nadie se dé cuenta de que lo hago. Debo enmascarar mi incomodidad para disimular mis nervios cueste lo que cueste. Los otros actores se reunen a mi alrededor. Tom Howell es Ponyboy y un chico llamado John Laughlin interpreta a nuestro hermano mayor, Darrel.

Chicos, tomaros un momento y empezad cuando estéis preparados.  Dice Francis. La primera línea de diálogo es mía, así que todo depende de mí. Miro a los ojos a los otros actores; nunca nos hemos visto antes, ni siquiera nos hemos presentado, pero ahora debemos ser los hermanos Curtis y fabricar en un instante los recuerdos, las relaciones y la intimidad de toda una vida juntos. Tengo las páginas en mi mano, siguen ahí desde que estaba sentado en el Mazda bajo la lluvia. Las dejo caer al suelo. He decidido actuar de memoria. (...) Este frío interno me resulta familiar, pero no permitiré que el que dolor se apodere de mí, no ahora, no hoy. Musito una plegaria rápida. «Hazlo simple. Hazlo honesto». Y empiezo la escena.

Nunca he estado de acuerdo con ese dicho que presupone a los actores como grandes mentirosos. Si la gente entendiera el proceso que lleva a los logros de los grandes actores, la sabiduría popular rezaría: «Los actores son terribles mentirosos», porque únicamente los malos actores mienten al interpretar; los buenos odian la falsedad y evitan a toda costa las emociones prefabricadas. De todos modos, ya hay bastante mentira en cualquier guión. (...) Lo que se exige de los actores, la razón por la que se les contrata, es para aportar realidad a lo arbitrario.

No sé nada de lo que significa ser huérfano. No viví en los años 50. Nunca he estado en Tulsa, Oklahoma, y nunca he conocido a un Greaser. Pero tengo hermanos a los que quiero. Sé lo que significa echar de menos a un familiar que ya no forma parte de la familia. Me ha tocado lidiar con chicos difíciles y también he sentido que ese no era mi lugar, y cuando recuerdo a mi antigua pandilla de amigos allá en la zona norte de Dayton, mi verdad personal me arma de suficiente munición emocional como para poder interpretar a Sodapop Curtis. (...)

Como un skater acercándose al punto de su itinerario en el que sabe que debe llevar a cabo ese truco imposible, sé que el momento en el que debo derrumbarme se acerca rápidamente. Trato de permanecer en la escena, no perderla, no adoptar distancia para juzgar nada. Pero parte de mí no puede evitar hacerlo, hay demasiado en juego y sé que si no soy capaz de realizar este salto, si no soy capaz de clavarlo, esta audición habrá terminado para mí, y con ella, mi carrera como actor.

Odio veros pelear  digo, empezando el diálogo final . Simplemente me rompe por dentro.

Miro a Tommy Howell (...). Sus ojos están húmedos. Eso es todo lo que necesito, esa pequeña muestra de humanidad y empatía por parte de un desconocido de quince años. Es entonces cuando la presión, los nervios, los riesgos, la necesidad de gustar, de ser aceptado y escogido se convierten en una ola que no seré capaz de detener por más que lo intente. Las emociones estallan.

Al final de la escena, Howell y Laughlin y yo estamos acurrucados en mitad de la luz deslumbrante, abrazados, mientras lloro."

---------------------------------------------------------------------------------

Este texto pertenece a la autobiografía de Rob Lowe, Stories I Only Tell My Friends. La traducción es de un mapatxe la mar de apañao que pasaba por ahí.